La decisión

28.02.2024

A través de la ventana del salón, Clara observaba el pequeño jardín. Al fondo, el banco de piedra lleno de musgo, en el rincón la casita de los aperos, más allá los jazmines y las buganvillas...Cada día era una copia perfecta del anterior. La enfermedad la había convertido en un deshecho, en un despojo humano. Y hoy terminaría todo. La eutanasia era su única salida.

La madre apareció con los ojos enrojecidos. Había llorado durante toda la noche. Tanto había llorado que ya no sentía nada, como si estuviera muerta.

—No puedes hacerlo Clara. No es justo—suplicó la madre.

—¿Para quién no es justo? ¿para ti? ¿acaso piensas en mi sufrimiento? —dijo Clara, con dificultad.

—Pero yo no puedo vivir sin ti—dijo la madre—Deja que te acerque a la ventana. ¡Mira, ya han vuelto las golondrinas! ¿Sientes la caricia del viento? ¡Vive, hija! ¡Vive!

—Yo ya no tengo vida. ¡Mírame, madre!. ¿Es que no ves que ya estoy muerta?

El sonido del timbre resonó en el salón como una sentencia de muerte. Cuando la madre abrió la puerta, supo que ya todo estaba perdido.

—¡Buenos días! —saludó el doctor—¿Estás preparada, Clara?

—¡Por el amor de Dios, hija! —suplicó la madre—. ¡Apiádate de mí!

—Tiene que calmarse. No lo haga más difícil. Debe respetar la voluntad de su hija.

Clara miró a su madre y la vio tan frágil, tan pequeña. Entonces supo que no podía abandonarla.

—Todo está bien, madre. ¡Mira, ya han vuelto las golondrinas!